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Autor Jorge Villegas
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25-08-2004
No me lo vas a creer: después de diez años de trabajar en la misma oficina, de compartir trabajo, convivencias y diversiones, hasta hoy nos dimos cuenta Pedro y yo que ambos somos cristianos, que nos congregamos en iglesias; él es diácono y yo canto en el coro. Son las confesiones inverecundas de un cristiano de esos que son "de la secreta". Como los policías encubiertos, nada denuncia su fe ni su credo. En diez años, por lo visto, no mostró ninguno de los dos la reciedumbre del carácter cristiano. Ninguno abrió su Biblia en público, ninguno abrió su boca para compartir la Palabra con un compañero. Por eso pasaron diez años sin que percibieran sus señas de identidad. Su comportamiento, su participación en la sociedad, por lo visto no reflejan el carácter excepcional que distingue al verdadero cristiano. Porque al buen cristiano, se le nota: en sus hechos, en sus palabras, en su espíritu solidario, en su compasión, en su urgencia permanente por contar a otros la buena nueva. Habrá que preguntarnos si nosotros también somos de la Secreta. Si se nos nota lo cristianos en la vida cotidiana.
Jorge Villegas |