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Autor Jorge Villegas
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30-08-2004
Cuando llegó el primer día de clases, yo ardía en calentura. La fiebre tifoidea afligía mi cuerpo de niño. El médico, sin antibióticos y con medicinas primitivas, pronosticó que pasarían quizá hasta dos meses antes de mi recuperación. Mamá no se dio a las congojas. Aunque ella sólo había cursado tres años de primaria, intuía la importancia de la educación, el apremio de no perder un día. Fue a pedir prórroga a un colegio del barrio. La maestra le advirtió que podría ingresar a primer año hasta la última semana de octubre. Pero con una condición rigurosa: el niño tenía que saber leer de corrida, escribir sus primeras letras y tener un vocabulario razonablemente plural. No había muchos libros en la casa, salvo los de mis hermanos mayores. Se puso pues a enseñarme a leer en su libro favorito: en la Biblia. En aquellos 40 días de fiebres y retortijones, alcancé a leer los evangelios y la mayoría de las epístolas del Nuevo Testamento. Con los libros de mis hermanos me enseñó las operaciones básicas. Para practicar la ectura en voz alta y enriquecer el vocabulario, me ponía a recitarle la primera plana del diario. A mediados de octubre pude finalmente ir a la escuela Formal. Y la maestra se admiró por el grado de aprovechamiento que mostraba el alumno que jamás se Había sentado en su pupitre antes de ese día. Fue la mejor combinación: la Biblia, el tesón de una madre, la tolerancia de una escuela.
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