11-04-2004
Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa.
Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora. Gál. 4:28,29
Mucho se ha hablado de la gran tribulación y de la gran persecución que se hará de los cristianos. Pero la verdad de las cosas es que los cristianos hemos sido perseguidos desde que el Señor Jesús estuvo anunciando la salvación por gracia hasta el día de hoy y mañana y hasta que el Señor venga. Muchos cristianos están esperando a que llegue la gran tribulación, y se angustian tremendamente y hasta podríamos decir que su fe desfallece.
Pero yo no creo que la tan mencionada y temida tribulación esté por llegar ni que ya haya pasado; en lo personal, creo fielmente que estamos viviendo en medio de ella y las grandes persecuciones se han estado dando a lo largo de nuestra historia y no terminarán hasta el final de los tiempos de acuerdo a lo que Dios tiene previsto para eso.
Pero una cosa sí es segura todos los cristianos: somos perseguidos, rechazados y ninguneados, además de aquellos que son echados en las cárceles o son muertos a causa del evangelio.
Tal vez a usted nunca le hayan amenazado de muerte o perseguido con afán de causarle daño físico, pero sí ha sufrido acusaciones falsas, desprecios, rechazos y mil cosas más al ser identificados como cristianos.
Nadie que sea un verdadero cristiano dejará de ser objeto de burlas y humillaciones, incluso dentro de su propia familia. Cuando los hermanos son tan diferentes como lo fueron Isaac e Ismael, no es de extrañar que se enemisten y traten de atacarse aún con la más mínima de las excusas.
Si con los hermanos de sangre se dan esas enemistades, imaginen ustedes la enemistad entre medios hermanos como Isaac e Ismael. Ismael era mayor que Isaac, y cuando éste tuvo la edad para relacionarse con Ismael, el mayor se burlaba del más chico y desde esa edad comenzó a manifestarse la diferencia de nacimiento y de naturaleza: uno nacido según la promesa, el otro, según la carne.
Esto es un ejemplo de lo que podemos esperar al ser objeto de un nacimiento dado por Dios, como herederos de la promesa, ante aquellos que no lo tienen.
Los que viven esclavos de sus ideas y tradiciones no pueden amar a los que son libres gracias a la libertad del evangelio, y no tardan en manifestar, de una forma o de otra, su enemistad.
No me refiero en estos momentos a la hostilidad del mundo corrompido contra la iglesia, me refiero a hombres que viven una religión natural, por herencia, y a los que han nacido de Dios.
No hablo de los ateos o pecadores empedernidos que pueden burlarse y rechazar el evangelio; hablo de todos aquellos que profesan exteriormente una religión y atacan sin piedad a todos los que han nacido de lo alto y adoran en espíritu y en verdad al único Dios verdadero.
Muchos cristianos han sufrido amargamente el desprecio de aquellos que nos llaman los hermanos separados y otros más que creen en otros dioses.
Tal vez la razón de Ismael para detestar a Isaac fue la envidia, puesto que no podía soportar que Isaac tuviera la preeminencia sobre él. Cuando una herencia es peleada por los herederos y destinada a sólo uno de ellos, el odio de los demás se vuelca sobre él y hacen hasta lo imposible por despojarlo si no de toda la herencia, al de una parte de ella.
Así es como los que se sienten seguros en su religión ?hablo de quienes profesan cualquier religión? envidian a los verdaderos creyentes y se consideran a sí mismos tan dignos, como los mejores que tienen su esperanza en la gracia de Dios.
Pero aún ellos mismos no desean esa gracia y, sumidos en su ignorancia, justificándose a sí mismos, no pueden ver ojos en otra cara -como dicen por ahí-; nada más los de ellos, nadie más puede poseerlos. Envidian la esperanza que poseen los redimidos, su paz interior y el que disfruten de las bendiciones de Dios.
La envidia que sintió Ismael se manifestó de manera contundente durante la fiesta de celebración del destete de su hermano menor, y de la misma forma los legalistas encienden su celo cuando el amor de Dios es manifestado a los herederos de la promesa.
El triunfo y el gozo manifestados en la vida del creyente son muy dolorosos para el orgullo de los sabios en su propia opinión.
Cuando la seguridad absoluta del creyente se aparta de la duda, y el gozo santo se aparta del mundo, los que tienen una religión puramente carnal se ríen burlonamente y llaman ineptos y locos a los que hacen la voluntad de Dios.
Las personas que son religiosas pero que no han sido regeneradas y que se esfuerzan y esperan conseguir la salvación por sus propios méritos o por su propia justicia, normalmente muestran desprecio y hasta odio hacia aquellos que han nacido de acuerdo a la promesa.
Como humanos estamos sujetos a equivocaciones, y los redimidos cometemos errores a causa de nuestras debilidades, y al cometerlos nos volvemos objeto de ataques y burlas de aquellos que se consideran perfectos.
No debe extrañarnos que nuestra pequeñez e imperfección delante de los grandes y perfectos atraiga las burlas de los orgullosos y santurrones fariseos que se burlan de todo lo que proviene de Dios y de su evangelio.
Con frecuencia las burlas surgen por causa de las pretensiones del creyente. A Isaac le llamaban el heredero y lo más probable es que a Ismael lo corroyera la envidia.
Lo mismo pasa cuando un gran pecador recién convertido muestra sujeción y obediencia a su Señor, inmediatamente empiezan los perfectos en su propia justicia a atacarlo y juzgarlo.
El que está atado a sus cadenas rechaza la presencia de un hombre libre; de igual manera, el que rechaza la misericordia de Dios porque confía orgullosamente en sus propios méritos, se pone furioso con el hombre que se goza en ser salvo por gracia.
Es muy probable que el nacimiento de Isaac, que provenía de un matrimonio muy anciano le pareciera extraño a Ismael, que era medio egipcio. Así es como los creyentes nacidos de lo alto, resultan totalmente extraños a quienes están sumidos en sus delitos y pecados.
El vivir con fe en la promesa de Dios debería de ser la cosa más natural del mundo, pero resulta que es lo más extraño para los inconversos.
Estos ven como extraños a quienes creen en el Señor, y actúan conforme a su naturaleza pero, como dijo el Señor Jesús en Juan 15:18 Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. 19 Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece.
El verdadero creyente se ve obligado a soportar mil burlas, algunas de ellas de lo más ridículas y debe estar preparado para eso y más. Pero jamás perderá la fe.
Debemos tener valor, aunque se burlen de nosotros o nos menosprecien o seamos objeto de rechazos. Recordemos lo que dijo nuestro Salvador en Mateo 10:28 Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas al alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
El hecho de que Ismael se burlara de Isaac es sólo una entre mil pruebas de la enemistad que existe entre la semilla de la mujer y la semilla de la serpiente.
El que estos dos estuvieran juntos bajo el mismo techo de Abraham, fue sólo el resultado de haber ido a Egipto y no haber actuado como un verdadero creyente delante de faraón.
Entonces le fue dada a Sara la esclava y el mal se introdujo en el campamento. Sara, en una pésima decisión entregó la esclava a su esposo y a partir de ahí comenzaron todos los problemas.
Ninguna asociación de los irredentos con la Iglesia del Señor cambiará en nada la naturaleza de los primeros, así como Ismael, que viviendo a un lado de la promesa, se alejó y fue de acuerdo a su naturaleza.
Hoy en día podemos ver a los más encarnizados enemigos de la verdad de Dios.
Estos son los que hacen que los creyentes en la sana doctrina parezcan extraños y los convierten en extranjeros en su propio país.
Son indulgentes con toda clase de herejía y se burlan de los que creen en la doctrina de la gracia y los tildan de anticuados y fanáticos.
Pero con todo eso el hombre que confía en Dios y cree en su pacto podrá sobrevivir a todas las burlas, pues considera el oprobio de Cristo como una riqueza superior a todo tesoro egipcio.
No es vergonzoso confiar en el Señor. Es realmente honroso hacerlo, porque es fiel, justo y verdadero, y si por eso se tiene que sufrir, se debe hacer con gozo, como lo dice Santiago 1:2 Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas.
Preparémonos pues con un valor santo a afrontar todo lo que el maligno traerá contra nosotros. Aprendamos por medio del Espíritu a vivir descansados en la promesa de Dios.
¿Acaso el primogénito de los resucitados no fue rechazado por los hombres? ¿No debemos nosotros, los que hemos sido redimidos, ser semejantes a aquel que dio su vida por nuestros pecados?
Si somos partícipes de los sufrimientos de Jesús, seremos también partícipes de su gloria.
Por lo tanto, participemos en la suerte del crucificado, pero también resucitado, que es el heredero de todas las cosas.
Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. 29 Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora.
Gocémonos en la salvación que él nos da.
La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos ustedes.
Amén. |