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Autor Jorge Villegas
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17-01-2005
Los bautistas postulamos como organización eclesiástica exclusivamente a la iglesia local. Una iglesia que se gobierna por la voluntad divina, expresada a través del voto de la congregación.
Nadie manda ni decide por encima de esa congregación. El pastor sirve a la iglesia, no es su gobernante. Los diáconos ayudan a administrir los bienes y servicios de la iglesia pero tampoco mandan ni operan como senado o consejo de ancianos.
Porque sólo concedemos personalidad a la iglesia local, no estamos sujetos a convención alguna. Sólo nos reunimos anualmente en convención para hacer algunos planes conjuntos y ayudarnos los unos a los otros a extender el reino de Dios.
Pero a las convenciones no mandamos delegados, sólo mensajeros. Llevan nuestro mensaje de amor a los convencionistas y regresan con algunas propuestas de las iglesias reunidas en convención. Ninguna es imperativa y sólo se vuelven políticas de la iglesia si la congregación las aprueba como tales.
Ni la convención, ni los pastores ni los diáconos mandan. Obedecemos sólo a Dios, que nos expresa su voluntad a través de la oración y el voto subsecuente de la congregación.
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