16-03-2005
La Escuela Bíblica Dominical
Leída en el 142 aniversario de la Escuela Dominical de la Primera Iglesia Bautista de Monterrey, N.L., México.
La relación histórica entre los bautistas y la Escuela Dominical, tiene carácter doctrinal, es entrañable y se explica por dos constantes en el estilo de evangelizar de la Iglesia:
Los bautistas somos educadores por convicción. Y procuramos que los convertidos razonen su fe y la apoyen en las Escrituras.
La versión moderna de la Escuela Bíblica Dominical surgió a principios del siglo 18, cuando los metodistas ingleses se propusieron evangelizar a los trabajadores de las minas del carbón.
El de ellos era un trabajo azaroso, sucio. Trabajaban en las minas lo mismo hombres mayores que niños de diez y doce años.
Pero sus evangelizadores se tropezaron con un serio escollo para fundar su predicación en la lectura de la Biblia. Los trabajadores eran analfabetas.
Esa ignorancia no la vieron como un problema insalvable, sino como un área de oportunidad: enseñaron a los mineros a leer y escribir con la Biblia como libro de texto.
Los bautistas tomaron la lección: establecieron su propia Escuela Dominical como un ejercicio de una doble alfabetización: enseñar a leer al que no sabe y enseñar la Biblia con un sistema escolar gradual, agrupando en diversas clases a los creyentes de diversa edad.
Un siglo después, la Escuela Dominical llegaría a México.
Santiago Hickey, un agente irlandés de la Agencia Bíblica, pasó de Texas a Matamoros a causa de la guerra civil norteamericana.
Con permiso de sus superiores se internó más allá de la frontera y se vino a vivir en Monterrey.
No eran tiempos fáciles de ningún lado de la frontera. El territorio mexicano había sido avasallado por el ejército francés; su gobernante legítimo, Benito Juárez, andaba a salto de mata organizando la resistencia patriota.
Pero las leyes de reforma que había promulgado el gobierno juarista y que el imperial de Maximiliano dejó en pie, liquidaba el monopolio de la Iglesia Católica para la predicación del evangelio.
Hickey aprovechó el nuevo ambiente de libertad. El primero de marzo de 1863 se predicó el primer sermón evangélico en el país.
Asistieron más extranjeros que mexicanos y el culto se celebró en inglés.
Una semana después, el nuevo grupo organizó la Escuela Dominical, la primera del siglo, la primera en territorio mexicano.
Pronto, las lecciones se dieron en español y en medio del hostigamiento de los curas, fueron agregándose creyentes al grupo.
La Escuela Dominical, que se había iniciado el 8 de marzo de 1963, en diez meses daba fruto institucional, al organizarse la Primera Iglesia Evangélica de Monterrey, que unos años después modificaría su nombre para establecerse como la Primera Iglesia Bautista.
Cabe advertir que la Escuela Dominical era más que un simple departamento de la iglesia. Era la piedra angular que consolidaba la fe y educaba como cristianos a los creyentes.
De hecho, los domingos en la mañana eran tiempo exclusivo para las clases de la Escuela Dominical. Los fieles volvían por la tarde para el culto de predicación.
Hickey, Tomas M. Westrup, los hermanos Uranga, todos llevaron la semilla del evangelio y la Escuela Dominical a diversos lugares de Nuevo León y los estados vecinos.
El primer domingo del siglo veinte, el acta de la Escuela Dominical celebra la ocasión e incluye un desafío que aún no acabamos de alcanzar: que México sea para Cristo en este siglo.
Nada interrumpía las sesiones de la Escuela Dominical. Otra acta consigna que esa mañana entró un ejército revolucionario a la ciudad. Gracias a Dios, dice, ningún hermano resultó afectado y la lección se pudo enseñar sin interrupción.
Pasada la Revolución Mexicana, la labor de la Primera Iglesia Bautista de Monterrey se intensificó. En 1945, la Escuela Dominical registraba una asistencia semanal de 500 alumnos.
Cabe aclarar que si bien fechamos el surgimiento de la Escuela Dominical en el siglo 18, ejemplos de estudio sistemático de la Biblia los encontramos en relatos del Antiguo Testamento, así como en los tiempos de la iglesia primitiva. Cuando el Señor se elevó a su trono, los cristianos permanecieron unidos en oración. Compartían el pan y la Palabra. Como dice en el libro de los Hechos, todos los días, en el templo y por las casas, predicaban y enseñaban a Jesús.
La escuela bíblica dominical tiene el mismo sentido de los días primeros del evangelio. No es, como suponen algunos, el aperitivo antes del plato fuerte que es la predicación. Es la columna vertebral de nuestra fidelidad a la Palabra y al Autor de esa Palabra.
Que Dios bendiga esta Escuela Bíblica Dominical. Que abunden los maestros y los alumnos. Que perseveremos en el estudio metódico, gradual, por grupos, de la Palabra de Dios.
Amén.
Jorge Villegas
Monterrey, N.L., 13 de marzo de 2005. |