17-08-2006
Era un domingo en la mañana al terminar el culto, cuando con lágrimas en los ojos me dijo este anciano, recargado en la reja del templo por la calle de Aramberri.
¡Qué digo con lagrimas en los ojos!
Me ve, me toma del hombro, me acerca y, llorando desconsoladamente como si no tuviera quién más lo escuchara, me dice ¡EL ERA MI AMIGO! ¡LO EXTRAÑO MUCHO!
No paraba de llorar, se sentía solo. No supe qué decirle ; tendría yo, no sé, entre 28 ó 29 años y su amigo tenía unos días de haber fallecido. Lo único que pude decir fue: “Sí hermano, gracias”, palabras que no eran suficientes para un hombre que necesitaba en esos momentos de alguien que le abrazara y llorara con él.
Se sentía solo y triste, había perdido a su amigo, este anciano era el hermano pastor, Josué Espinosa.
Por supuesto que aquel anciano sabía que Señor estaba con él, pero en esos momentos se sentía solo y necesitaba de alguien, de un amigo con quien platicar, o no sé, pero él necesitaba a alguien desesperadamente, y yo sólo pude decir: “sí, hermano, gracias”, y me fui.
Hermano: te invito a que pienses en nuestros pastores, porque ellos también necesitan de alguien con quién platicar, reír, llorar y, ¿por qué no?, ¡hasta soñar! ¡Necesitan de un amigo!
Pídele al Señor que te use para que tú puedas ser de gran bendición en la vida de tus pastores, para que puedas ser también su amigo.
Te recomiendo leer el libro Los Pastores También Lloran para que conozcas más de la vida de ellos.
Que el Señor te siga bendiciendo y piensa: ¡Los pastores también lloran! |