23-03-2003
Si en el trabajo, en la escuela o en el barrio no se nos nota que somos cristianos, es hora de recapacitar sobre lo genuino de nuestra fe.
Porque no vale ser “de la secreta”. Así como dicen que ni el amor ni el dinero son disimulados, la auténtica fe tampoco puede encubrirse cuando rinde frutos.
El llamado es a ser diferentes, a no conformarnos a los vicios del siglo. A ser líderes para encabezar todo esfuerzo de grupo de superación, de profilaxis social, de atención a los pobres, de promoción política.
Los cristianos estamos llamados a ser líderes, no pasivos seguidores. Debemos ser quienes proclamen ante la comunidad cuáles son los caminos del bien y cuáles los del mal.
No necesitamos traer un pescadito en la solapa ni un hábito de franciscano para probar nuestra fe. Basta con que hagamos del Evangelio el manual de nuestra vida cotidiana.
Que se nos note, pues, en quién creemos y qué profesamos. |