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Autor Jorge Villegas
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15-06-2003
Si el Evangelio sólo sirve los domingos y en el templo, en vano murió y resucitó Jesucristo.
El poder del Evangelio es su capacidad para manifestarse sobre la vida cotidiana, sobre las pequeñas y sobre las grandes decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida.
Tiene que ver con la esperanza de una vida eterna pero también con la solvencia de cada jornada que vivimos.
Ese es el desafío para los cristianos a fines del Siglo Veinte: traducir el mensaje eterno en un código de ética que sirva a la hora de ir al súper, de contratar un plomero, de alimentar a un niño de la calle.
Un Evangelio que no admite muros ni límites de tiempo. Como en los primeros días del cristianismo, que se manifiesta “en el templo y por las casas, todos los días”.
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