29-06-2003
Entre telenovelas, béisbol y noticieros el otro día fui a dar en el cuadrante de la televisión regiomontana con un culto de adoración masivo, tumultuoso, en la Plaza de Toros.
Oiga usted, la de gritos, aplausos y rostros bañados en lágrimas.
Y el predicador clamando a gritos por ¡aleluyas! y aplausos para Jesucristo.
Debo confesar que sentí el mismo azoro que me invade cuando veo a congregaciones hundidas en el éxtasis de la adoración estentórea, aparatosa.
No van esas expresiones con mi formación como sobrio bautista, como quieto seguidor de la reverencia.
Viendo al gritón de la tele y viendo los extremos de su congregación, temí por los débiles y por quienes alimentarían ahí su repulsa al Evangelio tan estridente, tan de escándalo.
Pero luego de un rato de oír los desahogos, pensé que al menos esta congregación y los organizadores estaban dando un testimonio multitudinario, masivo, a través de una gran concentración y del poderoso vehículo que es la tele.
Y comprendí que el dilema no es entre los gritones y los mudos; sino entre ellos y cristianos menos aparatosos pero capaces de dar público y gozoso testimonio de su fe y de su credo. Que cantan con entusiasmo, predican en la calle y comparten por los medios.
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