07-09-2003
Cuando una persona se encierra en su recámara, toma una pistola y se dispara un balazo en la sien, ¿qué culpa tenemos nosotros?
Ninguna. Lo que sí tenemos es la responsabilidad de prevenir que esa persona, cualquier prójimo, llegue a la terrible y equivocada conclusión de que no hay remedio para sus problemas ni consuelo para su ofuscación.
Ése sí es nuestro deber: ir por la vida desarmando la violencia contra sí mismo.
Hay que sembrar esperanza y dar la mano al caído, no ignorar al deprimido, preguntar al vecino, al hermano, si necesita ayuda.
No le saquemos la vuelta al herido en su mente. Hay que detenerse, como el Buen Samaritano, y prestarle los auxilios espirituales.
Por el balazo, no respondemos. Por tomar la mano que la empuña, sí.
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